lunes, 18 de noviembre de 2013

Qué bello está el cielo

Sumida en una espiral de desesperación luchaba inútilmente por salvarse. La rutina, la depresión, el desprecio... todo aquello a lo que antes era inmune, ahora le parecía una muralla inquebrantable, una muralla que le rodeaba y que se iba comprimiendo cada minuto que pasaba sometiéndola a una tortuosa asfixia. Por cada intento, un fallo y por cada exhalación, un suplicio.

Sus ganas de vivir cesaban al mismo tiempo que su espacio se reducía, pero era demasiado cobarde para terminar con su propia vida. No podía asimilar la idea de dejar de vivir. Su mente no podía concebir su propia inexistencia sin sentir una fuerte presión en su pecho, una presión más débil que la de la muralla, pero más asfixiante.

Sin querer morir, pero sin poder vivir; queriendo hacerlo todo, pero sin poder hacer nada. El mundo había decidido que no podía realizarse, que no podía ser feliz. Y ella cometió un grave error. Asumió su situación. Se resignó a esa realidad, esa realidad angustiosa y tortuosa que, sin saberlo, le había convertido en todo eso que alguna vez temió llegar a ser.

En sus últimos días recurrió a la imaginación para evadir la realidad, para evitar enfrentarse a sus problemas. Soñaba con un mundo en el que su libertad se viese limitada únicamente por su moral, un mundo en el que no había muros ni cadenas, un mundo en el que solo importaba ella. Y, en sus últimos segundos, lo único que consiguió murmurar fue "qué bello está el cielo".

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